domingo, 30 de julio de 2017

La sociedad gaseosa, mencionada en la revista "Arquitectura viva"


Luis Fernández-Galiano, arquitecto, Catedrático de Proyectos en la Escuela de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Madrid (ETSAM) y Director de la Revista AV/Arquitectura Viva, así como de la sección de arquitectura en el diario El País, ha tenido la gentileza de citar La sociedad gaseosa en la mencionada revista. Dejo aquí un extracto del artículo titulado Frente al agua.

"El agua disuelve las certidumbres de la arquitectura. Su condición líquida erosiona los cimientos físicos y disgrega la base conceptual de la disciplina. Marx advirtió que bajo el capitalismo ‘todo lo sólido se desvanece en el aire’, y Marshall Berman recogió el testigo más de un siglo después para exponer las paradojas de la modernidad, que según su contemporáneo Zygmunt Bauman no podía ser sino líquida. Entre nosotros, Antonio Muñoz Molina con Todo lo que era sólido en 2013 y Alberto Royo con La sociedad gaseosa en 2017 han usado metafóricamente los estados de la materia para expresar su malestar con una modernidad que, despojada de anclaje seguros, nos arroja a la corriente turbulenta de los acontecimientos. En contraste con estas nostalgias de la solidez, un anuncio de automóviles popularizó en 2007 una frase de Bruce Lee que reúne la exaltación del movimiento con la sabiduría oriental de la adaptación líquida: ‘Be water, my friend’. La arquitectura canónica se resiste a lo líquido, y aún más a lo gaseoso. 

Frente al agua es consciente de su importancia en el emplazamiento urbano como soporte de las rutas mercantiles, y de su relevancia estética en las obras a las que sirve como extenso podio líquido; pero también ha aprendido a temer su proximidad como vehículo de incursiones hostiles o escenario de las fuerzas incontrolables de la naturaleza. 

De un tiempo a esta parte hemos recuperado los muelles portuarios o industriales para la cultura y el ocio: las ciudades que, en ausencia de una vocación balnearia, daban la espalda al mar se vuelven hacia él; sin embargo, las catástrofes que han asolado litorales 
han recordado una vez y otra el permanente peligro de lo líquido. Y si bien todos los edificios aspiran a la permanencia, sus estrategias formales para dar cuenta del tiempo que vivimos pueden ser sólidas, líquidas o gaseosas, como quizá expresan bien los tres que aquí se reúnen (...)"

domingo, 23 de julio de 2017

Aliento para las aulas. Reseña en el suplemento cultural de La Vanguardia


El sábado 15 de julio Miquel Escudero escribía una hermosa reseña de La sociedad gaseosa en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia. Lo tituló "Aliento para las aulas". Comenzaba así:

Músico y profesor de instituto, Alberto Royo (Zaragoza, 1973) sostiene que se aprende a enseñar enseñando, poniendo las manos en lo que tiene de más vital un ser humano, en el decir de George Steiner. Y que para aprender es preciso vencer la pereza y confiar en el provecho de lo que se estudia, mantener la atención, disponer del aliciente de saber y tener capacidad de asombro. Sucede que hay una crisis de confianza generalizada, entre adultos, profesores y niños.

martes, 20 de junio de 2017

«Muchas de las nuevas teorías pedagógicas tienen efecto placebo; son pura homeopatía pedagógica». En ABC


Uno de los mejores ratos del día de la presentación en Madrid de La sociedad gaseosa fue el que pasé charlando con Carlota Fominaya, periodista de ABC. Aquella conversación ha dado lugar al reportaje que hoy se publica en la versión digital del periódico y que saldrá más adelante en papel. Nos dio tiempo para hablar de casi todo: de homeopatía pedagógica, del desprecio al conocimiento, de la poseducación, de las cualidades del buen profesor, del estado actual de la enseñanza... Dejo a continuación un extracto de la entrevista:

"El papel del profesor es crucial, un profesor que sepa cuanto más mejor (recordemos la máxima de la escolástica medieval: «Primum discere, deinde docere») y que quiera enseñar lo que sabe y transmitirlo con el entusiasmo que desea despertar en sus alumnos, para intentar estimular en ellos el afán por saber cada vez más. Lo que sucede es que aquí hay muchos intereses (también económicos) a la hora de comerciar con productos «milagrosos» que casi siempre recurren a la estrategia de lo fácil y lo cómodo y la técnica de marketing idónea es despreciar lo tradicional sin ningún criterio, envolviéndolo en un halo fantasmagórico para crear la necesidad de adoptar aquello que interesa vender y que, en el fondo, muestra muy poco respeto intelectual por los alumnos.Estamos en la era de la posverdad, pero también de la poseducación, de la educación entendida como espectáculo. Hay que decir alto y claro que no es posible aprender sin pagar un precio, pero este precio es mucho menor que el de quienes comercian con la educación: me refiero al interés, a la disposición y a la voluntad. Nada de esto es incompatible con poder disfrutar del aprendizaje. Ni excluye, todo lo contrario, que el profesor dispense a sus alumnos un trato cercano y afectuoso, precisamente porque el profesor que considera que sus alumnos merecen ser personas cultas y formadas es el que más aprecio demuestra hacia ellos."

La entrevista completa puede leerse aquí

viernes, 16 de junio de 2017

De lo sólido a lo gaseoso. Reseña de La sociedad gaseosa en el blog "Materiales para pensar"


Luis Roca Jusmet, escritor y profesor de Filosofía, colaborador en las revistas El viejo topo y Rebelión, publica en su blog una reseña de La sociedad gaseosa.

De lo sólido a lo gaseoso

Lo contrario de lo sólido tanto puede ser lo líquido como lo gaseoso. Marx ya avisó de que el capitalismo disolvería todo lo sólido y el sociólogo Zygmung Baumann acuñó, a finales del siglo XX, el término "modernidad líquida", que no es otra cosa que lo que algunos han llamado postmodernidad o hipermodernidad. Alberto Royo (Zaragoza, 1973), músico y profesor de secundaria, retoma la cuestión con un término, que, bien pensado, puede ser todavía más gráfico que el de sociedad líquida: la sociedad gaseosa. Porque lo gaseoso puede indicar todavía mejor la inconsistencia de lo volátil.

Vamos a ser claros. Aparte del término, Alberto Royo no plantea ninguna teoría nueva. Pero lo que sí hace, con un estilo claro y personal, es recoger de manera original el testigo. Lo pone de manifiesto desde una lúcida visión personal, en la que nos muestra a través de anécdotas y reflexiones la naturaleza de este mundo efímero, superficial y banal. El libro no profundiza en ningún tema concreto: no es lo que pretende. El objetivo del libro es presentar con inteligencia, ingenio y algo de humor, algunos de los elementos que constituyen puntos significativos del imaginario colectivo de esta sociedad gaseosa.. Los ejemplos son elocuentes y actuales. En este sentido quiero señalar la referencia a la extraordinaria película de Woody Allen, que me parece, al igual que al autor una reflexión muy profunda sobre la condición moral del hombre.

¿Qué reivindica Alberto Royo bajo el término sólido? Pues nada más y nada menos que lo más consistente de la condición humana, lo que le dignifica: la responsabilidad, el compromiso, el conocimiento. Y por supuesto la libertad, pero no entendida solo como una simple capacidad de elección sino como un trabajo interno, algo que vamos conquistando frente a los otros pero también sobre nosotros mismos. Alberto Royo también nos invita a recuperar tradición, no como repetición de lo viejo sino como el punto de partida del camino a andar; desmintiendo la ilusiones adánica de un comienzo desde cero y el mito que hace de lo nuevo un valor incondicional. Esto tiene, como bien señala el autor, mucho que ver con la educación. Lo dijo muy claramente Hannah Arendt : la educación es la transmisión de una herencia y sin ella no hay nada que compartir. Sin esta diferencia las generaciones pueden la distancia y lo único que reina es la confusión. El filósofo italiano Giorgio Agamben señalaba que se ha perdido la experiencia. Este vivir efímero, instantáneo, hace que no seamos capaces de sedimentar lo que vivimos, de que no seamos capaces de aprender de ello. En este sentido podemos decir que no hay experiencia y sin experiencia no hay adultos.

Quisiera acabar con un punto en el que insiste especialmente el autor, y que sirve un poco de hilo conductor: la enseñanza secundaria. Es su experiencia profesional y también es la mía. Debo decir que, en general, comparto el análisis de Alberto Royo, sobre todo en su denuncia de que al demonizar la LOMCE ignoramos el origen del problema, la LOGSE y las reformas entra una y otra. Comparto su crítica a la ideología pseudopedagógica de la educación emocional y todos los mitos asociados. Igualmente me parece admirable su confesión de que él es un profesor de música en educación secundaria pero su auténtica vocación son los conciertos de guitarra. Dice, correctamente, que al profesor no se le debe exigir vocación sino que haga bien su trabajo. Mi puntualización tiene que ver con el deseo, pero no en el sentido hedonista que acompaña al consumismo contemporáneo, sino en un sentido mucho más profundo, que es el de Spinoza. El esfuerzo es fundamental, queda claro, pero es el deseo el que lo mueve y no puede haber enseñanza sin deseo de enseñar, por parte del profesor, y de aprender, por parte del estudiante. Pero seguro que Alberto Royo estará de acuerdo con esta afirmación, justamente porque lo que señala es que el profesor ha de querer primero lo que enseña. Su pasión es la música y la mía la filosofía y esto es lo que podemos enseñar con entusiasmo a nuestros alumnos. El problema es que esta sociedad gaseosa no solo desprecia el esfuerzo sino que no posibilita este deseo de aprender y aquí, como dice, hay muchas responsabilidades y de diferentes grados. Pero si no hay este deseo en el profesor nada se puede transmitir.

El libro es ligero, pero en el mejor sentido del término. Porque no hay que confundir lo sólido con lo pesado. Lo sólido no es fácil, porque como dijo Spinoza, el camino que conduce a la auténtica felicidad es tan arduo como difícil. Alberto Royo nos invita a este camino, que es el que nos puede proporcionar auténtica alegría, que nada tiene que ver con la diversión. La lástima es que para seguir esta vía tengamos que ir contracorriente en una sociedad cuya única norma parece ser el “pásatelo bien”. Os invito a todos a la lectura de este libro que seguro que no os decepciona.

miércoles, 14 de junio de 2017

"Confíen en los profesores". Columna en ABC


Carlota Fominaya me pidió una breve columna para ABC, en relación con la importancia de las notas. Se publica hoy y puede leerse aquí. A continuación, el texto:
«Confíen en los profesores», opinión del profesor y musicólogo Alberto Royo.
Nadal gana su décimo Roland Garros y nadie le acusa de segregador o poco inclusivo. Se le reconoce pundonor y capacidad de sacrificio, pero se le considera uno de los mejores deportistas de la historia porque, además de esforzarse, gana. Elogiar sus logros no supone despreciar a tenistas sin su palmarés. En la enseñanza, sin embargo, nadie puede destacar, y reclamar esfuerzo revela, en opinión de algunos, que el ámbito académico es un medio «hostil» para nuestros alumnos, cuando es todo lo contrario: el lugar en el que podrán encontrar el conocimiento y educarse. El «bienestar» de los estudiantes parece ser la prioridad absoluta y, obviamente, hacer exámenes no es lo más «placentero». Quieren vender que calificar es propio de sádicos despreocupados de los alumnos menos capaces. Desde el Ministerio de Educación se busca la manera de llamar aprobado al «casi aprobado», en Cataluña se considera menos traumático el «no logrado» que el «suspenso», los chamanes y gurús pedagógicos insisten en que un examen solo sirve para «vomitar información» y los profesores nos vemos obligados a defender nuestra profesionalidad. La calificación que un profesor asigna a un alumno no se basa solo en una prueba, sino que tiene en cuenta muchos otros factores. Y tiene un único propósito: valorar su grado de aprendizaje. Sospechar que nuestra intención es otra que premiar a quien lo merece, advertir sobre su falta de empeño a quien demuestra no haberse esmerado todo lo que podía, y detectar las dificultades de quien necesita un apoyo que al más dotado no le hará falta es, sencillamente, desconfiar del profesor y de la enseñanza.

lunes, 12 de junio de 2017

La sociedad gaseosa pasó por Zaragoza


Pues ya pasó por Zaragoza La sociedad gaseosa. Pese al calor, pasamos un buen rato de charla, también antes y después de la presentación, y tuve la oportunidad no solo de ver a familiares y amigos sino también de conocer a personas con las que uno ha tratado a distancia a través de esa gran herramienta, si sabe utilizarse, que es internet. Pude constatar que son tan buenas conversadores como parecían ser. Porque esta es la prueba del algodón: el cara a cara. Y la mejor manera de aprovechar la red, entenderla, entre otras cosas, como propiciadora de encuentros reales. A continuación, tres momentos de la presentación.

Escuchando atento a Luis Antonio González, que introdujo el acto.

Explicando el por qué de La sociedad gaseosa.

Firmando algunos ejemplares.

lunes, 5 de junio de 2017

La sociedad gaseosa, el viernes en Zaragoza


Este viernes presentaremos La sociedad gasesosa en la Librería Cálamo de Zaragoza, que acogió también la presentación de Contra la nueva educación. Y me acompañará, igual que entonces, Luis Antonio González. Un privilegio.

Les espero entonces en Cálamo, una librería diferente, con una encantadora decoración  y con... ¡vinoteca! Nos vemos el viernes en Zaragoza.


viernes, 2 de junio de 2017

Poseducación. Escuela y realidad


La educación está de moda. Algunos se alegran. "¡Por fin se habla de educación en la tele!". No estoy seguro de que esto sea bueno. Uno puede hablar hasta por los codos, pero esto no le garantiza ser un buen conversador. Me preocupa especialmente que supuestos expertos "asesoren" desde la lejanía a la realidad educativa y desde la idea de educación-espectáculo o educación-placebo, como si el objetivo no fuera tanto producir una mejoría como ganar audiencia o promover el cura sana, culito de rana. La enseñanza ha de defenderse sin brindis al sol ni paños calientes, desde el sano ejercicio de la crítica racional de quien aprecia algo y precisamente por ello siente la responsabilidad de analizarlo con rigor y llamar a las cosas por su nombre. Si no, corremos el riesgo de dar palos de ciego y quedarnos en la soflama, en la estética, en el postureo y en las buenas intenciones de las que está empedrado el infierno.

Estoy convencido de la trascendencia social de la educación. Sueño con mejorar nuestra sociedad mejorando nuestro sistema educativo, no regalando (y, por lo tanto, devaluando) el conocimiento sino, como dijo Gramsci, ambicionando la «elevación cultural del pueblo», esto es, exigiendo el inevitable esfuerzo que requiere todo aprendizaje y confiando en que una sociedad de personas formadas será una sociedad más sana.

Quienes nos dedicamos a la enseñanza sabemos bien que la exigencia es esencial. Todos, profesores y no profesores, deberíamos saberlo. Pero no se trata de una exigencia caprichosa sino procedente de la experiencia y del convencimiento de que solo con una actitud adecuada, con interés y perseverancia, uno puede progresar en el aprendizaje. Es momento de decir las cosas claras, de olvidarnos de eufemismos y frases políticamente correctas y de oponernos a quienes pretenden comerciar con el futuro de nuestros alumnos y nuestros hijos, vendiendo pócimas mágicas y soluciones milagrosas. Y de replicar a quienes se arrogan la exclusiva de conceptos que son inherentes al conocimiento, como belleza o emoción (la emoción está en el conocimiento y es a través de este como aprendemos a apreciar la belleza). Se puede encontrar deleite en el aprendizaje, pero no todo aprendizaje puede ser divertido ni del gusto de los estudiantes. Precisamente lo que un buen profesor ha de hacer es abrir los ojos de sus alumnos a un mundo desconocido. 

La mayoría de los alumnos, como la mayoría de los adultos, son (somos) gente común. A las personas más brillantes, algo que tiene un indudable componente genético, les bastará con un poco de esfuerzo para avanzar, menos que a la gente corriente. A las menos brillantes, les hará falta más. ¿Es injusto? Seguramente. Pero también es real. Y es cobarde no querer admitirlo. Douglas K. Detterman, profesor norteamericano de Psicología especializado en inteligencia y retraso mental, afirmó en un seminario celebrado en la Universidad Complutense de Madrid titulado Advances on intelligence research: What should we expect from the XXi century que "el 90% del rendimiento escolar se debe a las características de los estudiantes". Pero, como el propio Detterman señalaba, resulta mucho más atractivo dejarse seducir por Goleman, Gardner y compañía y hablar de las múltiples inteligencias que reconocer que no todos tenemos la misma capacidad. ¿Qué hacer entonces? ¿Abandonar a su suerte a los alumnos menos capacitados? Jamás. Pero sí deberíamos replantearnos algunas cuestiones. La primera, que puesto que todos los alumnos no tienen la misma capacidad, lo último que hay que hacer es rebajar el nivel de exigencia general (que, por otra parte, es, lo que se viene haciendo) porque esto solo incrementará el porcentaje de alumnos mediocres, y ni rescatará a los menos cualificados ni será justo con los más competentes La segunda, que una vez aceptada la realidad, si bien no podemos exigir a un alumno más potencial del que tiene, sí debemos exigirle que se esfuerce, pues lo necesita en mayor medida que el alumno más dotado intelectualmente. En tercer lugar, recordemos que la escuela tiene la obligación moral de amparar la igualdad de oportunidades, de manera que, si un alumno tiene dificultades, es inexcusable prestarle toda la ayuda que requiera para que desarrolle al máximo sus capacidades, que (obviamente) nunca podrán ser las del alumno más capaz; para prestarle esa ayuda, hay que haberle exigido, pues es la única manera de detectar los problemas y buscar soluciones. Cuarta, la escuela pública no puede limitarse a preparar a los alumnos para que encuentren un trabajo bien remunerado (o para que puedan ganarse la vida); tiene que aspirar también, como dijo John Stuart Mill y cita Charles Murray en su libro Real Education (Crown Forum. 2008), "a formar  seres humanos capaces y cultivados". Sin la colaboración de las familias a la hora de inculcar a los hijos, desde pequeños, el gusto por aprender y los hábitos imprescindibles, el reto se complica mucho más de lo que ya es.

Si realmente apostamos por la igualdad social, si no estamos dispuestos a aceptar que el alumno pobre o el alumno con dificultades tenga menos opciones de prosperar o de cultivarse que el alumno rico o el más dotado, bajemos a la tierra y tomemos decisiones en función de su conveniencia y no de su apariencia. Estamos en la época de la posverdad. Parece que también es tiempo de poseducación. Pensemos si es esto lo que queremos.

lunes, 22 de mayo de 2017

Hablando sobre La sociedad gaseosa con Cristina López Schlichting


Cristina López Schlichting tiene dos cualidades que aprecio mucho: es inteligente y muy amable. Por eso siempre es un placer conversar con ella, porque te trata bien y te hace preguntas interesantes. Si además tiene el detalle de introducir la entrevista con Leonard Cohen, a quien homenajeo en el capítulo vigésimo primero de La sociedad gaseosa, el titulado Cohen y Trump, verdad y posverdad, no me queda sino desear que no sea la última vez que charlemos.

La entrevista puede escucharse aquí.

viernes, 19 de mayo de 2017

Madrid

Pues ya se ha presentado en Madrid La sociedad gaseosa. Pasar por Madrid siempre es una experiencia magnífica. Si además sirve para presentar un libro, saludar a buenos amigos, conocer personalmente a colegas de la resistencia y gozar de una buena cena y mejor conversación, poco más se puede pedir. Aproveché el viaje para tomar una cerveza con Carlota Fominaya, periodista de ABC, con quien siempre es un gusto hablar sobre educación en un ambiente relajado que no es frecuente. También pasé por los estudios de Cope para charlar con Cristina López Schlichting, tan amable como de costumbre, que me dedicó su interesante novela Los días modernos, una historia muy bien contada con personajes con los que uno se encariña pronto, y con toques de Cuéntame y Manolito Gafotas. De momento, aunque todavía voy por la mitad, me parece un libro divertido y todo un fresco de la época (el inicio de la transición democrática). Me entusiasmó una frase, perteneciente al capítulo séptimo, en la que se define a la perfección lo que debería ser la enseñanza pública. Lean:

Fragmento de Los días modernos

Dedicatoria

Con Cristina López Schlichting 

Gran Vía

Edificio Carrión, 
popular por la excelente escena de El día de la bestia



                                       Casa del Libro                                  

"Ultimando detalles" antes de la presentación

Juanjo De la Iglesia, introduciendo el acto

Escuchando a Juanjo

Presentación finalizada

Con amigos a los que uno aprecia y admira

Una cena diferente en un lugar estupendo en el que degustamos un menú maridaje con cervezas artesanales y, por supuesto, del placer de la conversación. En la segunda imagen, conspirando con Ricardo Moreno Castillo, Carlos Moret, Pablo López, Mariano del Mazo, Belén Bueno, Carlos Jiménez, Antonio Sánchez, Juanjo De la Iglesia, José Manuel Lacasa, Vítor Meirinho, Óscar García Y Margarita González.

sábado, 13 de mayo de 2017

Presentación en Madrid de La sociedad gaseosa


Este jueves 18 de mayo se presentará en Madrid La sociedad gaseosa. Será un placer contar con el periodista, guionista y presentador Juanjo de La Iglesia, autor de la mítica sección Curso de ética periodística del programa Caiga quien caiga, del que fuera además guionista y subdirector. 


La presentación tendrá lugar en Casa del Libro de Calle Fuencarral, en pleno centro de la ciudad, en el distrito de Chamberí. Como siempre, quedan todos invitados.


jueves, 11 de mayo de 2017

Crítica de La sociedad gaseosa en Troa Librerías


Troa Librerías ha incluido La sociedad gaseosa entre sus lecturas recomendadas. Dice en su crítica:

“Defiendo la emoción intrínseca del saber, la cultura ante el espiritualismo prefabricado y vulgar de la autoayuda y el lenguaje estúpidamente frívolo de la postmodernidad…”. “Reclamo el derecho a disfrutar desde el conocimiento y no desde el “pensamiento mágico”.

Así clama Alberto Royo en su espléndido último libro, con su estilo elegante, irónico y provocador, pero siempre comprometido y aun esperanzado respecto al momento educativo que atravesamos, en esta sociedad gaseosa en que “flotamos”, más que vivimos.
En él trasluce el amor por su vocación de profesor de los difíciles, o sea, los de Secundaria, muy pegado al terreno, pero también su libro destila amor por su vocación de prestigioso músico (guitarrista)que le hace descubrir la belleza del conocimiento, ese que ha huido hoy de las aulas. Hoy todo es inteligencia emocional y para Royo es el conocimiento el que nos produce emoción y es a través de esa emoción como aprendemos a apreciar la belleza: adultos, adolescentes y niños. 

Para Alberto Royo las más recientes metodologías, tendencias y modas pedagógicas son una forma de diluir los contenidos disciplinares con el propósito de desvirtuar la misión del profesor y hacer más apacible la ignorancia, amparándose -para ello- en el atajo, y persiguiendo la inmediatez, la comodidad, la elusión de los obstáculos, el rechazo del esfuerzo personal, es decir, la homeopatía pedagógica.

Se edulcora la realidad, se licúan los contenidos hasta el estado de gas y se confrontan -tramposamente- dos conceptos imprescindibles en educación: tradición y modernidad. Asi está la sociedad y -deinde- la sociedad educativa. 

Royo lo sabe bien porque lo vive en sus aulas con sus chicos, por eso es tan certero su diagnóstico. Su sentido común es aplastante y su criterio pedagógico también aunque choca, claro, con la homeopatía pedagógica importada que nos inunda.

Todos sus capítulos son imprescindibles pero el lector o la lectora no pueden perderse su “defensa de Blancanieves aunque no sea lesbiana” y su capítulo “Cohen y Trump: verdad y postverdad”. Se reirán, reflexionarán y podrán formar criterio sobre la movida de la educación.

La reseña puede leerse aquí.

martes, 9 de mayo de 2017

En el vídeo-blog del Efecto McGuffin


El domingo pasé un buen rato charlando con Albert Reverter en su estupendo blog (EL MCGUFFIN EDUCATIVO). Hablamos de "Contra la nueva educación " y también de "La sociedad gaseosa". Y fue una experiencia estupenda. Porque Albert es un buen conversador. Y además un tipo muy majo. Aquí dejo el enlace a su vídeo-blog. Espero que resulte de interés, a pesar de que mi torpeza y/o despiste casi me lleva a boicotear a mi anfitrión la despedida, pues di por hecho que habíamos terminado la grabación. En cualquier caso, no se pierdan las anteriores entrevistas, todas ellas fantásticas. Y visiten su blog.